EN PODER DE LOS S�DICOS

BY JOSEMMM

[ part 8 ]

Nota: La historia que a continuaci�n se narra constituye tan s�lo una mera fantas�a. Es decir, por muy extremas que puedan resultar las escenas descritas, ninguna persona de carne y hueso ha sufrido ning�n da�o. En la vida real, cualquier acci�n parecida ser�a absolutamente odiosa y constituir�a un grav�simo delito digno de las penas m�s duras. As� pues, la lectura de esta narraci�n s�lo es apta para personas adultas que sepan diferenciar claramente entre la ficci�n y la realidad.

Durante la comida los dos hombres charlaron largamente sobre las excitantes experiencias de la ma�ana. Como ten�an planeado seguir tortur�ndola por la tarde decidieron no darla de comer m�s que una jarra de zumo con fuertes dosis de reconstituyentes y estimulantes.

As�mismo, decidieron comenzar a darla antibi�ticos para evitar posibles infecciones a causa de las heridas producidas a lo largo de las sesiones de tortura, por lo que tambi�n disolvieron en el zumo un sobre de antibi�tico. Quer�an conservar a su v�ctima en �ptimas condiciones durante el mayor tiempo posible.

Despues de comer, los dos s�dicos volvieron al s�tano. Natalia, amarrada sobre el caballete, se las hab�a arreglado para quitarse de encima el pa�o con sal, que yac�a en el suelo. Tambi�n hab�a intentado arrancar la cinta que tapaba su boca frot�ndola contra el caballete pero no lo hab�a conseguido totalmente, por lo que hab�a permanecido todo el tiempo con la boca llena del semen de Juan, intentando no tragarlo.

Juan y Tom�s procedieron a quitarla la cinta de embalar y la pusieron una palancana para que escupiera. luego, la dieron un vaso de agua para que se enjuagara la boca. Seguidamente, tras desinfectar con betadine las heridas de la ni�a, la desataron, la pusieron la bata y la ordenaron sentarse en una silla. La pobre ni�a intent� sentarse pero no pudo debido al dolor que sent�a en sus maltrechas nalgas. Los hombres, tras observarla divertidos, la dijeron de quedarse de pie. La dieron un vaso y la fueron sirviendo el contenido de la jarra. Luego la llevaron a su celda y la dejaron all� para que descansara.

Natalia se dej� caer sobre el colch�n boca abajo y comenz� de nuevo a llorar. Cada d�a, la pesadilla en la que se encontraba era m�s horrible. Se daba perfecta cuenta de que sus captores ya no se conformaban con humillarla y abusar sexualmente de ella. Ahora, su principal entretenimiento consist�a en hacerla sufrir. La pobre ni�a no comprend�a c�mo pod�an existir ese tipo de personas.

De nuevo se aferr� a su �nica esperanza: Por lo que los hombres la hab�an dicho, sus padres estaban a punto de pagar el rescate. �Por favor, que fuera pronto!

Tres horas despu�s los hombres volvieron al s�tano. Durante unos minutos, Natalia oy� que realizaban preparativos. Por fin, aparecieron en la celda. Esta vez en sus rostros estaba reflejada esa expresi�n cruel que tanto aterrorizaba a la peque�a.

�Se acab� el descanso, putita! � exclam� Tom�s.

Primeramente, la ordenaron orinar. Natalia, totalmente atemorizada, obedeci�. Los hombres observaron divertidos c�mo la peque�a intentaba por todos los medios cubrir su cuerpo con la bata mientras orinaba.

�No te molestes en cubrirte! � exclam� Tom�s - �dentro de un momento vas a estar de nuevo totalmente en pelotas... mientras jugamos con tu precioso cuerpecito!

Los bellos ojos azules de la ni�a se volvieron a llenar de l�grimas.

Sesi�n de la Tarde

Natalia fue conducida a un nuevo escenario, con los focos y las c�maras ya dispuestos alrededor.

Ocupando la mayor parte del escenario se encontraba un nuevo aparato: Una estructura met�lica en forma de U invertida, con dos barras verticales separadas tres metros unidas en lo alto por otra barra horizontal. Las barras verticales pod�an ser reguladas en altura de manera que la barra horizontal quedara m�s o menos alta . Ahora se encontraba a dos metros de altura del suelo pero, con las barras plenamente desplegadas, pod�a alcanzar una altura m�xima de dos metros y medio. Tanto las barras verticales como la horizontal estaban equipadas de m�ltiples puntos de sujecci�n, con el fin de que la v�ctima pudiera ser atada en cualquier postura.

Justo debajo y en el centro de dicha estructura, se encontraba el nuevo instrumento de tortura que los dos hombres se dispon�an a utilizar: Una fina arista de madera.

Estaba formada por un trozo de madera pulida y barnizada de un metro de largo. Ten�a un perfil de forma triangular, dispuesto de manera que, en su parte superior, emerg�a amenazadoramente el v�rtice m�s afilado. Por debajo, la madera estaba encajada en dos patas met�licas, tambi�n regulables en altura.

La pobre Natalia mir� con pavor los aparatos sin saber a ciencia cierta la forma en que ser�an utilizados.

Los dos hombres despojaron a Natalia de la bata, quedando la ni�a de nuevo totalmente desnuda ante la s�dica mirada de sus torturadores.

�Bueno, es hora de montar a caballo! � grit� Juan entre risotadas.

Entre los dos levantaron a la pobre ni�a en volandas y la dejaron caer por encima de la arista, de forma que cada pierna quedara a un lado de la madera.

Juan y Tom�s hab�an calculado a ojo la altura inicial del aparato. Ahora tendr�an que ajustarla debidamente.

No satisfechos viendo que el filo de la arista quedaba a una altura un poco baja respecto del pubis, procedieron a elevarla m�s, haciendo que Natalia tuviera que ponerse de puntillas para evitar su contacto.

Esta vez, los dos hombres contemplaron a su v�ctima satisfechos: Ahora, la afilada punta de la arista llegaba a rozar la parte inferior del sexo de la peque�a. Los pies descalzos de Natalia se apoyaban de puntillas sobre el suelo, intentando mantener su piel por encima de la amenazadora punta de madera. La forzada postura realzaba la belleza de sus preciosas y estilizadas piernas.

Los hombres ataron las mu�ecas de la ni�a, por encima de su cabeza, a la barra horizontal que ten�a por encima, quedando sus brazos semiflexionados. Haciendo fuerza con ellos, Natalia pod�a ayudarse para mantenerse fuera del alcance del filo de la madera.

Juan y Tom�s, con sus penes ya en plena erecci�n, se limitaban, de momento, a observar a su presa con una sonrisa s�dica marcada en sus rostros: Su expresi�n perversa y viciosa, sus ojos crueles que recorr�an su cuerpo una y otra vez. Natalia hubiera dado cualquier cosa por poder salir de la situaci�n en la que se encontraba, pendiendo desnuda, de puntillas sobre esa horrible madera sin poder moverse hacia ning�n lado y, sin duda, con unas pavorosas pr�ximas horas en perspectiva.

Los hombres se aproximaron a la ni�a. La peque�a intent� retirarse pero apenas pudo moverse unos cent�metros. Juan paso sus manos alrededor del fino talle de la ni�a y comenz� a recorrer su cuerpo, palpando su carne, deleit�ndose con los ojos de espanto de su v�ctima. Sus manos se posaron sobre los peque�os mont�culos del pecho y los manosearon bruscamente. Luego su dedo comenz� a recorrer de arriba a bajo la alargada hendidura del pubis mientras la pobre ni�a lloraba amargamente. Con la otra mano busc� las nalgas en carne via de la peque�a y comenz� a pellizcarlas.

�Aaaaaaaaaaaahhhhhhh.........! �Noooooooo....! �Uaaaaaaaaaaaaaaaaaaahhhhhhh.....!

�Ja ja ja! � ri� Juan s�dicamente - �Te duele el culito, putita! �verdad? �Bien, bien, luego nos seguiremos ocupando de �l!

Pronto Tom�s se uni� a su compa�ero. Sus dedos tambi�n se posaron sobre la delicada piel y, durante un buen rato, recorrieron cada rinc�n de la carne que se le ofrec�a, dedicando especial atenci�n a las maltrechas nalgas de Natalia, mientras la peque�a lloraba sin cesar.

�Sabes, putita? � dijo cruelmente Tom�s- �Te vamos a hacer pasar una tarde de infierno!

La aterrada Natalia vi� c�mo Juan ven�a de nuevo con la jeringuilla en la mano.

�Esta ma�ana la inyecci�n nos ha dado muy buen resultado. Hemos conseguido mantenerte consciente en todo momento, a pesar de los terribles dolores que has tenido que sufrir. As� que lamento decirte que te la vamos a poner de nuevo para que puedas aguantar los sufrimientos que te vamos a hacer pasar esta tarde!

La pobre ni�a comenz� a llorar amargamente.

Tras ponerla la inyecci�n, Juan y Tom�s volvieron a sentarse en la silla y, durante un buen rato, mientras se masturbaban, contemplaron a su v�ctima, cada vez m�s turbada e inc�moda sobre la arista. Sus pies, ya doloridos de mantener durante tanto tiempo la forzada postura de puntillas tend�an a relajarse y a apoyar m�s zonas de la planta. Pero inmediatamente la fina arista de madera se clavaba en la delicada piel de la entrepierna, haciendo que Natalia volviera a ponerse de puntillas, tirando con sus finos brazos para descargar algo de peso.

Los dos s�dicos decidieron quitar a su v�ctima la ayuda de los brazos: Juan desat� su mu�eca derecha y la volvi� a atar pero abierta hacia el lado, sujet�ndola a la barra lateral. Tom�s repiti� la maniobra con el brazo izquierdo, hasta dejar a Natalia con los brazos en cruz.

�Ahora ya no te va a ser tan sencillo evitar la madera! � la dijo Tom�s sonriendo s�dicamente.

Los dos hombres se volvieron a sentar y durante otro rato siguieron contemplando el creciente disconfort de Natalia. A la peque�a le costaba cada vez m�s mantenerse de puntillas sobre sus doloridos pies.

Por fin, Juan y Tom�s se volvieron a levantar. Juan volvi� a acercarse para a su turbada v�ctima, acarici�ndola de nuevo sus peque�os senos.

�De momento no te estamos haciendo sufrir demasiado, pero siento decirte que, a partir de ahora, vamos a hacer que tu dolor vaya aumentando como es debido. Mi amigo y yo queremos disfrutar vi�ndote sufrir verdaderamente!

La pobre ni�a, aterrorizada, mov�a sus ojos de un lado a otro siguiendo cada movimiento de sus verdugos

Los dos s�dicos procedieron a atar dos cuerdas a los tobillos de Natalia. Luego, para horror de la peque�a, pasaron el otro extremo de las cuerdas por una sujecci�n de las barras laterales situada a 50 cm. del suelo y comenzaron a tirar alternativamente.

�Noooooooo....! � suplic� desesperada Natalia, adivinando la intenci�n de sus torturadores.

A pesar de la fuerza que opuso Natalia intentando evitarlo, sus pies fueron separ�ndose lentamente, desliz�ndose por el suelo. Como consecuencia, su centro de gravedad fue descendiendo y su pubis fue entrando cada vez m�s en contacto con la punta de la arista de madera.

Cuando los pies de la ni�a estuvieron totalmente separados, Juan y Tom�s ataron las cuerdas a las sujecciones manteniendo la tensi�n.

Los dos hombres se volvieron a sentar y durante unos minutos se divirtieron contemplando los pat�ticos esfuerzos de la peque�a por mantenerse por encima de la afilada madera, empujando hacia arriba con la punta de sus doloridos pies.

Por fin, los dos hombres se levantaron y volvieron a ocuparse de las cuerdas. Juan cogi� la cuerda atada al tobillo derecho de Natalia y tir� m�s y m�s, hasta hacer que el pie perdiera contacto con el suelo. Entonces procedi� a sujetar la cuerda para mantener dicho pie en el aire.

Los s�dicos hicieron una pausa para observar a su v�ctima. La pobre ni�a intentaba mantener el peso de su cuerpo con los dedos de su pie izquierdo pero su cara de dolor evidenciaba que la arista comenzaba ya a hacer su efecto sobre la sensible piel de la entrepierna.

Por fin, con una sonrisa s�dica, Tom�s tom� la cuerda atada al tobillo izquierdo y, para desesperaci�n de Natalia, fue tirando lentamente.

�Nooooooooooooo....! � grit� la desdichada.

Tom�s sigui� tirando hasta que el pie izquierdo qued� asimismo suspendido en el aire.

�Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaahhhhhhhhhhhhhhhh....................!

La pobre ni�a grit� en agon�a al sentir la fina madera clavarse inexorablemente entre los labios de su sexo, su ano y la delicada zona entre ambos puntos.

Juan y Tom�s procedieron a tensar a�n m�s las dos cuerdas hasta dejar a su v�ctima con las piernas abiertas de par en par, quedando la desdichada suspendida con la mayor parte del peso de su cuerpo justo encima de la fina arista. Los s�dicos se aproximaron para contemplar de cerca la entrepierna de la peque�a apoyada sobre la afilada superficie. �Verdaderamente, ten�a que resultar extremadamente doloroso!

Los hombres, satisfechos se volvieron a sentar a contemplar el espect�culo masturb�ndose: La pobre Natalia, con el rostro crispado, gem�a sin cesar, moviendo la cabeza de delante a atr�s e intentaba in�tilmente con sus tensados miembros aliviar el dolor cada vez m�s intenso que sent�a entre sus piernas mientras suplicaba a sus torturadores.

�Aaaahhhh......por favor...no puedo soportarlo...por favor......aaaaaaaaahhh.......!

Juan y Tom�s saboreaban extasiados cada gemido, cada gesto de dolor de la peque�a, mientras segu�an masturb�ndose, sus penes totalmente erectos ante la cruel escena.

�Hmmm, es una verdadera gozada ver sufrir a esta putita! � exclam� Tom�s.

A medida que fueron pasando los minutos, el dolor se fue haciendo insoportable y de la boca de la peque�a comenzaron a salir verdaderos gritos mientras sollozaba y redoblaba sus suplicas, para gozo de los s�dicos.

�Aaaaaaaaaaaaaaaaaaa.................! �S�quenme de aqu�......por favor................. �

Las abundantes l�grimas, tras recorrer el precioso rostro de la ni�a, goteaban sobre su pecho y segu�an descendiendo por su liso vientre hasta alcanzar la misma madera de la arista.

Juan se levant� y se acerc� sonriendo a su v�ctima.

�Te gustar�a que te soltaramos?� � pregunt�.

�S�...por favor.....por favor....s�....!� contest� Natalia entrecortadamente.

Juan observ� divertido la mirada suplicante de la ni�a, deseando con todas sus fuerzas que pusieran fin a su sufrimiento.

�Pues siento decirte que nosotros estamos disfrutando a tope, as� que me temo que todav�a te queda mucho por sufrir! � contest� Juan sonriendo con crueldad.

�Noooooooooooooooooooooo.........! � grit� desgarradoramente la desdichada.

Juan se dirigi� a una de las paredes de la habitaci�n, descolg� una fusta y volvi� a aproximarse a su desesperada v�ctima.

�Nooooooo........! �Nooooo.......! �Por favor............por favor..............!

Parsimoniosamente, Juan llev� el extremo de la fusta a las nalgas de Natalia y lo frot� sobre la maltratada carne.

�Uaaaaaaaaahhhh!

De repente, procedi� a dar un golpe seco sobre la lacerada piel.

�Uaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaahhhhhhhhhhh................!

El grito de la desdichada llen� la habitaci�n. Al lacerante efecto de la vara sobre la dolorida piel se sum� la agon�a que la inevitable convulsi�n produjo sobre la entrepierna.

Los dos s�dicos degustaron a tope las muestras de dolor de su v�ctima.

Juan dej� pasar unos segundos m�s y procedi� a golpear una vez m�s....y otra.....y otra...

Natalia lloraba y gritaba hist�ricamente mientras le llegaban los est�mulos dolorosos tanto de las nalgas como del pubis.

�Aaaaaaahhhhh.......! �Bastaaaaaaa...........! �Uaaaahhhhhh..........!

�Bueno, vale, voy a parar de azotarte.....ahora va a ser mi amigo al que le toca hacerlo! �Ja Ja! � exclam� Juan.

�Nooooooooooooo...............!

Juan pas� la fusta a Tom�s y �ste, durante un buen rato sigui� azotando sin piedad el dolorido culito de la ni�a.

Por fin, Tom�s dej� la vara y se acerc� a su v�ctima para observarla de cerca deleit�ndose con la expresi�n de absoluto dolor marcada en su bello rostro.

�As� es como m�s nos gusta verte! � la dijo sonriendo - �Con esa carita de sufrimiento total!

Las manos del hombre se posaron sobre el torturado cuerpo infantil y lo recorrieron lascivamente, mientras la peque�a lloraba y gem�a desconsoladamente. Sus dedos recorrieron las heridas de las nalgas haciendo que Natalia se crispara a�n m�s. Luego, se posaron en el pubis y acariciaron procazmente la torturada piel incrustada sobre la madera. Pronto sus tendencias s�dicas hicieron proponer a Juan una nueva idea:

�Qu� te parece si la azotamos ahora los dos a la vez?

A pesar del tremendo dolor en el que estaba sumida, Natalia escuch� horrorizada las nuevas palabras de ese monstruo.

�Noooooooooooooooooooooo......! �Bastaaaaaaaaaaa..........! �Por favor...................!

Juan no necesit� que le insistieran. Los dos s�dicos cogieron sendas fustas, se situaron cada uno a un lado de su v�ctima y comenzaron otra vez a azotar el cuerpo desnudo de Natalia, esta vez cambiando de objetivo a cada golpe: Las nalgas... el vientre... la espalda... los muslos... los senos.... redoblando el sufrimiento de la peque�a.

Entre golpe y golpe, Juan y Tom�s se extasiaban contemplando el rostro totalmente crispado de la desdichada ante los horribles dolores que padec�a.

De la entrepierna de Natalia comenzaron a brotar los primeros hilillos de sangre mientras la fina punta de la arista iba erosionando la delicada carne cada vez m�s.

Juan y Tom�s dejaron las fustas y volvieron a aproximarse a su v�ctima, extasi�ndose ante sus muestras de dolor. De nuevo sus manos recorrieron el torturado cuerpo de Natalia, manose�ndolo de manera cada vez m�s violenta.

�Pobrecita nuestra peque�a amiga! � ri� Juan. �Te estamos haciendo pasar un mal d�a! �Verdad?

�Bastaa.....por favor........no lo soporto..........por favor.....! � balbuce� Natalia con ojos suplicantes.

�Basta? � pregunt� Tom�s burlonamente - �Con lo que nos estamos divirtiendo!

Los dedos de los hombres comenzaron a pellizcar y a retorcer perversamente porciones de la indefensa piel de su v�ctima.

La pobre ni�a comprendi� que no iba a obtener ninguna clemencia. El dolor que sent�a se le hac�a insufrible y esos monstruos todav�a buscaban seguir aument�ndolo. La desdichada redobl� sus lloros, presa de la m�s absoluta desesperaci�n.

De repente, Juan la hizo una propuesta:

�Har�as cualquier cosa con tal de que te baj�ramos de la madera?

Natalia le mir� con cierta esperanza. En ese momento se consideraba capaz de hacer cualquier cosa con tal de detener el horrible dolor que la invad�a. Juan continu�:

�Te voy a proponer un trato: Te bajamos si le das un beso en la boca a tu amiga la iguana! �Qu� te parece?

Natalia sinti� una nueva angustiosa punzada. Sus captores hab�an comprobado de sobra el miedo insuperable que ese animal la inspiraba �C�mo la pod�an proponer semejante cosa?

Los dos hombres observaron divertidos la encrucijada mental en que se hallaba la pobre ni�a.

Natalia se sent�a incapaz de poder dar un beso en la boca a la iguana pero tampoco soportaba seguir sufriendo sobre la arista ni un segundo m�s.

� Bueno, qu�? � Pregunt� Juan - �Vas a darle un beso a nuestra mascota?

Quiz�s fue el subconsciente el que contest�, revel�ndose contra el profundo sufrimiento, pero Natalia acab� moviendo afirmativamente la cabeza.

Juan no tard� en volver, sonriendo, con la iguana en la mano. Al verla, Natalia se sinti� de nuevo sobrecogida por la m�s absoluta repugnancia.

Juan acerc� la iguana al rostro de la ni�a y �sta di� un desesperado respingo. Al instante una ag�nica punzada la recorri� el cuerpo partiendo de su atormentada entrepierna. Los dos s�dicos contemplaron satisfechos el rostro de sufrimiento de la peque�a, las l�grimas recorriendo sin cesar sus dulces mejillas.

Juan volvi� a acercar la iguana a la ni�a, que esta vez consigui� evitar moverse bruscamente, pero apart� su rostro todo lo que pudo sobrecogida por el miedo.

�Vamos! � Conmin� Juan - �B�sala en la boca y tu sufrimiento habr� acabado!

Natalia, sufriendo con los ojos cerrados, con su cerebro invadido por los est�mulos insoportablemente dolorosos que la llegaban desde su entrepierna, comprendi� que no le quedaba m�s remedio que hacerlo. Pero cuando abri� los ojos y se encontr� con la horrible cabeza de la iguana delante de ella, el terror fue m�s fuerte y, de nuevo apart� su rostro.

�Qu� est�pida puta! � grit� Juan.

�Espera un momento! � exclam� Tom�s - �Vamos a ver si logramos convencerla!

Tom�s coloc� sus manos sobre los hombros de Natalia y presion� hacia abajo para aumentar el peso que soportaba la torturada entrepierna de la ni�a.

�Uaaaaaaaaaaaahhhhhh...! �Aaaaaaaaaahhhhhhhh! �Bastaaaaaaaaaa......!

�Hhmmmmm! � exclam� Juan - �Parece que nuestra amiga reacciona deliciosamente con unos peque�os empujoncitos!

Tom�s sigui� presionando una y otra vez. Luego, apoyando la manos sobre las caderas de Natalia, prob� a agitar el cuerpo de la ni�a, encantado con los alaridos que sal�an de su boca.

Tras unos interminables minutos de presiones y meneos, la peque�a qued� gimiendo y respirando entrecortadamente, la cabeza ca�da sobre su pecho, los ojos cerrados, su rostro contra�do por el horrible sufrimiento. Los s�dicos contemplaron a su v�ctima deleit�ndose con su miseria.

Por fin Juan cogi� el cabello de Natalia y tir� de �l para levantarle la cabeza. La expresi�n de la ni�a mostraba a la perfecci�n el infierno que estaba pasando.

�Vas a dar un beso en la boca a nuestro amigo? � volvi� a preguntar.

Natalia, sumida en su terrible dolor, movi� la cabeza afirmativamente.

Juan volvi� a colocar la iguana delante del rostro de la ni�a. La peque�a dud� unos instantes, sobrecogida por el absoluto asco que el animal la inspiraba pero, al fin, realizando un esfuerzo supremo, pos� sus labios sobre el morro del reptil y le di� un t�mido beso.

Los s�dicos contemplaron la escena divertidos. Se imaginaban lo que deb�a estar sufriendo la pobre ni�a para conseguir llegar a hacer semejante cosa. Y, evidentemente, ellos estaban disfrutando demasiado para poner fin, tan pronto, a la tortura de su v�ctima.

�Tu te crees que eso es un beso en la boca? � Pregunt� Juan. �Me temo que no has superado la prueba!

Natalia le mir� estupefacta. No pod�a ser. Con el esfuerzo que hab�a tenido que hacer para dar el beso. No pod�a ser que ahora ese monstruo la dijera eso.

�Lo siento, putita! � sigui� Tom�s - �Te hemos ofrecido una oportunidad y la has desperdiciado, as� que...siento decirte que vas a tener que seguir sufriendo!

�Nooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo.......................!

Natalia lanz� un grito de pura desesperaci�n ante la inhumana crueldad de sus torturadores.

Tom�s, excitad�simo, propuso una nueva idea:

�Qu� tal si tiramos de sus tobillos hacia abajo y hacia los lados?

�Noooooooooooooooooooooo....................!

La cruel propuesta pronto fue puesta en acci�n. Cada uno de los hombres agarr� uno de los tobillos y fue tirando de ellos, bien simult�neamente, bien alternativamente, observando satisfechos las muestras de total agon�a de la peque�a. Nuevos hilillos de sangre comenzaron a resbalar por la porci�n de madera situada bajo del pubis de la peque�a.

Los dos hombres no quer�an lesionar en exceso todav�a a su v�ctima. As� que decidieron sentarse de nuevo frente a Natalia y beberse unas cervezas mientras se deleitaban contemplando a la ni�a en pleno sufrimiento a la par que se masturbaban.

Entre trago y trago cog�an las fustas y golpeaban con ellas el torturado cuerpo de la desdichada.

Sab�an que, gracias a la inyecci�n, su v�ctima se mantendr�a consciente a pesar del calvario que padec�a.

Los dos s�dicos a�n dejaron que Natalia siguiera sufriendo sobre la arista durante treinta minutos m�s. Media hora interminable para la ni�a pero deliciosa para sus depravados torturadores.

Por fin, Juan y Tom�s desataron a Natalia y la bajaron de la arista. La pobre chiquilla, exhausta de tanto sufrimiento, se desplom� en el suelo, en posici�n fetal, cubri�ndose con sus manos la dolorida entrepierna. Pero no iba a poder descansar mucho tiempo.

Los hombres, tras quitar la arista del medio, levantaron a Natalia del suelo para volver a atarla a la estructura met�lica.

La ni�a, demasiado agotada para resistirse, pronto qued� sujeta suspendida en el aire, las mu�ecas atadas a la barra horizontal superior, los tobillos atados a la parte superior de las barras verticales laterales de manera que las piernas quedaran abiertas de par en par.

Juan y Tom�s examinaron por encima las heridas de la entrepierna, viendo satisfechos que s�lo eran desgarros superficiales.

Seguidamente, se pusieron sendos preservativos y se aproximaron a Natalia sonrientes.

La pobre ni�a vi� asqueada c�mo Juan se situaba detr�s de ella y colocaba la punta de su erecto pene sobre su ano mientras Tom�s, desde delante, la abr�a las nalgas para abrir el orificio todo lo posible. Juan empuj� con fuerza hasta introducir su miembro a trav�s del conducto, haciendo de nuevo gemir de dolor a la ni�a.

Una vez dentro, Juan llev� sus dedos al sexo de la peque�a y separ� los labios hasta abrirlo totalmente. Tom�s ya estaba preparado para dirigir su pene hacia la vulnerable entrada vaginal.

Natalia no tuvo m�s remedio que soportar la doble violaci�n simult�nea.

Los dos s�dicos, tras violar brutalmente a la desdichada durante un buen rato, eyacularon casi al mismo tiempo.

Para ellos la vida era sencillamente maravillosa.

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